Al son de Turas

Al sur del Estado Falcón, queda un vestigio de nuestra más autóctona herencia indígena, una manifestación cultural que mezcla, entre ritos y bailes, una advocación a las deidades propias de los ayamanes, para pedir por la buena cosecha y agradecer a la madre naturaleza por el regalo que emana de la tierra. 

 

Recibimos la invitación de Jean Salero para participar en una nueva edición del festival “Al Son de las Turas”, una iniciativa de varias agrupaciones culturales que hacen vida en el estado Falcón y que buscan promover  acciones para la preservación de la Danza de las Turas, ceremonia aborigen ancestral que siguen practicando los descendientes de los ayamanes en el territorio que habitaron, incluso antes de la llegada de los españoles, para invocar a Dios y los espíritus divinos pidiendo hacerse de su gracia y obtener buenas cosechas.

 

Animados por la invitación, salimos desde Caracas hasta Mapararí, un pueblo enquistado en lo profundo de la sierra del Estado Falcón. Después de transitar un largo recorrido, llegamos al municipio Federación, lugar en que nos recibió un cráneo de venado, junto a unas maracas y un letrero que decía: ¨Mapararí, tierra de Turas¨. No dejaba de ser emocionante participar en una manifestación tan auténticamente venezolana, y a la vez tan desconocida. Según el investigador Ramón Querales, en diversos documentos del siglo XVI, XVII y XVIII, se mencionan ritos y danzas practicados por los ayamanes, que la iglesia condenaba como impropios y dignos de ser eliminados (Querales 2013 p. 163), por lo tanto, estamos hablando de una de las ceremonias más antiguas y genuinas que aún se mantienen vigentes en Venezuela; un verdadero paraíso para un grupo de fotógrafos que anhelábamos retratar aquél legado, más allá de vivir la mágica experiencia que presagiaba aquella aventura.

 

Amaneció el 23 de septiembre, equinoccio de otoño. Los tureros se reunieron temprano en la casa de Turas de San Pedro, para dirigirse al Jagüey, montaña adentro, y solicitar el permiso a los espíritus ancestrales para dar inicio al ritual. Luego de esta ceremonia, comenzó la peregrinación por cada una estaciones dispuestas a lo largo del camino, cual vía crucis. Los participantes iban realizando el ancestral baile y soplando los cachos de venados, mientras que interpretaban alguno de los sones que marca el compás por cada tres pasos. En ese interín, Bartolo Garcés, Capatáz de las Turas de San Pedro, nos advirtió: “Les voy a pedir un favor, después que terminemos la danza en cada una de las estaciones, no se queden y vengan con nosotros porque ahí dejamos revuelta todas esas energías”.

 

Los aborígenes ayamanes le pusieron Turas a esta tradición porque cuando el maíz está barbarroja y está empezando a echar el granito, decían ‘el maíz está tureando’.

 

Habíamos realizado un recorrido largo a través de una trilla irregular con fuertes altibajos. Sentíamos una mezcla entre adrenalina y cansancio, pero ver a los miembros más ancianos de la comunidad haciendo el recorrido como si estuvieran paseando tranquilamente en una plaza, fue estímulo suficiente para continuar la marcha. Con el sol a cuesta, anunciando la inminente llegada de la noche, salimos de la última estación, todos excepto uno de los fotógrafos, quien se quedó -contradiciendo las indicaciones de Bartolo- registrando con su cámara el altar con todas las ofrendas. Al poco tiempo, nos enteramos que el colega trasgresor había sufrido una aparatosa caída que ameritó de algunos cuidados. Al percatarse de este suceso, Bartolo se nos acercó y con cara de picardía dijo: “se los advertí, no es juego”.

Con el sol a cuestas, anunciando la inminente llegada de la noche, salimos de la última estación. Uno de los fotógrafos se quedó -contradiciendo las indicaciones de Bartolo-, fotografiando el altar con todas las ofrendas. Al poco tiempo, nos enteramos de que el trasgresor había tenido una aparatosa caída que ameritó de algunos cuidados. Bartolo, al percatarse de esto, se nos acercó y con cara de picardía nos dijo: “se los advertí, no es juego”.  

 

Después del premonitorio suceso que alertó a los incrédulos y regocijó a los creyentes, seguimos con el recorrido. Salimos caminando de la montaña y empalmamos con la carretera Lara-Falcón destino a Mapararí, que estaba realmente a muy pocos kilómetros de distancia. Una procesión de personas bordeaba el camino y desde ese momento afloraba una emoción por estar en las vísperas del encuentro entre las Turas de San Pedro y las de Mapararí. Ambas se comunicaban lanzando cohetes de lado y lado para ir calculando la proximidad entre ellas. Finalmente llegamos al pueblo, en donde los habitantes saludaban a los visitantes desde las puertas de sus casas. Todos estaban abocados a la celebración, parecía que no había otra cosa más importante que presenciar aquel momento.

 

El episodio más alucinante se produjo cuando se iban acercando las dos cofradías danzando y sonando sus turas con los tres pasos característicos. La gente se apartaba de la calle propiciando un espacio amplio para este encuentro. Los de San Pedro se van acercando y los anfitriones se preparan para la cortesía, como ellos le llaman, que consiste en plegarse a los visitantes frente a frente, retrasar algunos pasos al ritmo de ellos, para después volver a empujar hacia atrás. Permanecieron así por un tiempo como en una especie de vaivén, yendo y viniendo al son de las Turas, hasta que juntos se encaminan, en compañía de todos los presentes, al Patio de Turas. Este encuentro fue emocionante y generó, sin exagerar, una tensión energética que no podría describir. 

 

En el Patio de Turas había un ambiente distinto, menos ceremonial y más festivo. Se había congregado buena parte de la localidad, convirtiéndose en un encuentro fraternal. El altar mayor era peregrinado por todos los asistentes, sin embargo, solo podía ser danzado por los tureros, que ahora juntos van dándole vuelta cada cierto tiempo, al ritmo de sus sones. En todo este recorrido nos acompañaron las Reinas de las Turas, señoras ataviadas con una corona decorada con granos de maíz, caraotas y plumas; hay una por cofradía, y son las anfitrionas del baile.

 

La estancia en el Patio de Turas concurre hasta el amanecer, cuando destellan los primeros rayos de sol y las campanadas de la iglesia anuncian el inicio de la santa misa. 

 

Ya es 24 de septiembre, día de las Mercedes, y en este momento se produce uno de los acontecimientos más interesantes de la jornada. Con la venia del sacerdote, los tureros entran a la iglesia Nuestra Señora de Coromoto, danzando al son de las turas con maracas y ofrendas, hecho inimaginable muchos años atrás cuando las Turas eran vistas como una festividad pagana por adorar divinidades que no estaban consagradas en el catolicismo.

 

La culminación del ritual se produce con el llamado Bote de Basura, que consiste en llevar las ofrendas del altar al nacimiento, lugar en donde corre agua viva, y se apilan las ofrendas junto al árbol sagrado con el fervor y la creencia de que la zafra será satisfactoria. Después de vivir aquella experiencia, registrando cada paso de una manifestación que se realiza desde hace más de quinientos años, sentí una satisfacción extraordinaria, no solo por el hecho de palpar ritos, sones y bailes, sino por ver a toda una población abocada a mantener el espíritu vivo de los Ayamanes, Jirajaras, Guayones, Caquetíos, Cuibas, entre otros. La participación de los niños es fundamental y abundan en todas y cada una de las escenas de esta tradición. Esto garantiza que el legado seguirá transitando de generación en generación por otros quinientos años más. 

 

El apoyo de muchas personas como la familia Salero, y agrupaciones culturales como los organizadores del Festival “Al Son de las Turas“, el grupo Bariquía, y el Centro Ecológico Pangea, entre otras, hicieron posible que en este momento yo esté escribiendo esta breve historia.

No Comments

Deja un comentario