Aquí el Año Viejo se baila, no se quema

En los últimos días del mes de diciembre, se suele recordar lo que vino y se fue con el año que culmina. Mucho se puede decir de este 2020, en el que varias de nuestras tradiciones y costumbres se vieron modificadas; y es precisamente por esto que recuerdo este viaje a Los Nevados, en donde aprendimos y celebramos una tradición muy peculiar. Entre las montañas más altas de Venezuela, la fiesta del año nuevo entrelaza tradición y modernidad en una costumbre que parece no ceder: ¡aquí el año viejo no se quema, se baila!, porque ¿quién nos quita lo baila’o? Cambian canciones, bailadores y música, pero siguen bailando al año viejo, a diferencia de otros lugares de Venezuela en los que se suele quemar.

Para llegar al pueblo de Los Nevados se pueden recorrer varios caminos por la montaña. Este pueblo, en lo alto de la Sierra Nevada, es el anfitrión de montañistas que buscan llegar al busto de Bolívar, allá en sus 4.978 m.s.n.m. Así mismo, por su lejanía, mantiene muchas tradiciones y su aire es muy puro. Junto a mi hermana, llevaba a mi madre a conocer las montañas de Mérida, mismas que nos hechizaron desde el principio del recorrido por su tranquilidad y retador clima de altura. Quisiera contarles un poco acerca de esta aventura.

Con un mes de anticipación contacté por internet a la Sra. Justina, dueña y anfitriona de “La Campesina”, una posada hermosa y sencilla, cuyos comentarios y recomendaciones eran amorosos, “una mantequilla”, como nos decía ella para referirse al carácter amistoso y amable. Luego me comuniqué con un transporte que pudiera llevarnos desde la ciudad de Mérida hasta Los Nevados el día 30 de diciembre, y nos trajera de regreso el día 2 de enero de 2017. No olvido el año porque, aunque busqué muchas referencias sobre qué ver en Los Nevados, nunca vi una foto en detalle de su plaza central ni de la iglesia, y fue una sorpresa encontrar que sobre el portón principal de la misma, figuraba el número 1917, año de su fundación. Nada más y nada menos, estaríamos recibiendo su centenario aquella noche de año nuevo. 

Fig 1. Posada La Campesina con su anfitriona maravillosa, La Sra. Justina.

Desde las Heroínas salían los transportes con buena frecuencia, armándose grupos para subir temprano y luego descender al final del día. Cerca de la plaza y en las callecitas aledañas, salían niños y adultos a pedir plata para la quema del año viejo, mientras en la ciudad la gente nerviosa por el efectivo -imprescindible para moverse por estos pueblos-, estaba gastando los billetes de 100 Bs. en las compras de último momento, pues días antes habían anunciado su salida de circulación. En la plaza, frente al recién inaugurado Sistema de Teleférico Mukumbarí, nos recibió el Sr. Cleris, quien desde joven realizaba viajes en la ruta Mérida – Los Nevados. Tenía el trayecto clarito, lo que lo convertía en un excelente guía durante las 4 horas de camino por la montaña.

Nos adentramos en la montaña un poco para descansar y otro poco para aventurar. “¡Hija qué impresión! Esto es muy alto y ya siento frío -por esta época la temperatura puede bajar hasta a 3°C-, no es como la ciudad de Mérida, hay mucho silencio y el cielo se ve clarito”, mi madre comenzaba a ver las diferencias y sentir que nos aproximábamos a los 3.000 m.s.n.m.

Para emprender este recorrido es necesario viajar en un vehículo 4×4. Los viajeros deben ir dispuestos a ver abismos impresionantes. La mitad del camino, es de tierra, por lo que deben ser muy precavidos en las curvas. 

El viaje fue muy confortable. Hicimos paradas para comer y conversar con las personas en cada lugar. Probamos el ponche, un tecito de agua miel y compramos fresas y dulces para compartir en año nuevo, aún sin saber con quién. 

Llegamos a Los Nevados y la Sra. Justina nos recibió en su posada con una sonrisa y un abrazo, fue la primera estrella que conocimos en lo alto de la montaña. Luego, cuando recorrimos el pueblo hasta la plaza principal, nos encontramos con otro grupo de turistas que iban a recibir el año nuevo. Señoras muy alegres, contemporáneas con mi madre, enseguida comenzaron a charlar con nosotras. Acordamos encontrarnos en la noche para festejar juntas. Una de ellas tocaba la mandolina y nos contaba que era la segunda vez que iba a recibir el año nuevo en ese pueblo, pues le había cautivado la fiesta: era sencilla, alegre y se bailaba con el año viejo. 

Un muñeco de trapo en la entrada de la iglesia -que en principio no entendíamos qué era, solo sabíamos que estaba allí parado, bien hecho y bien pintado-, era la personificación del año viejo. Nadie nos pidió plata, ni había rastro de quema. Bailar al año viejo era una excelente medida de cuidado para estar dentro del parque nacional y posiblemente esta sea la razón de esta peculiar tradición.

Fig 2 Pueblo de Los Nevados
Arreglos para la fiesta

Desde Mérida llegaron músicos, la mayoría emparentados con algunos lugareños. Traían violines, cuatros y mandolinas. El día 2 harían una Paradura de Niño por las casas del pueblo. Sin ellos, no hay fiesta en la plaza.

Confeccionado el año viejo

Olía a comida: pan de jamón y arepitas andinas, miche y vino de mora. En una bodega atendida por un chico volvía a escuchar los ritmos y letras de moda “si necesitas reggaeton dale, sigue bailando mami no pare” y recordaba que seguía en el mismo año 2016.

Abrigos y botas puestas para recibir el año nuevo

A las 10 pm comenzó el bochinche: niños en la plaza, hijos que visitaban a sus padres en el pueblo, encuentros y reencuentros, montañistas, turistas, locales, unos volvían y otros lo vivíamos por primera vez. Entre risas y vino de mora, llegaron las 12 y no nos dimos cuenta hasta que alguien dijo “ya hay que bailar con el año viejo”. Cada quien agarraba el muñeco y bailaba una canción -todas “raspa canilla”-, tocada en vivo por los músicos visitantes. Luego de un buen rato, sacaron “la música de los muchachos” y cambió el tono de la fiesta, pero ya los mayores locales habían disfrutado y bailado bastante su año viejo.

Fig 3. Año viejo

Todo transcurrió sin fuegos artificiales, sin cuentas regresivas, sin lentejuelas ni arreglos de navidad, solo una fiesta en la plaza para reunir anécdotas del año vivido y las resoluciones del venidero. 

Fig 4. Plaza Bolívar de Los Nevados

Camino a descansar, las nubes ya no estaban en el cielo y mi madre se asustó pensando que no podía ser posible ver tantas estrellas, nos preguntaba si estábamos vivas. La ciudad y su contaminación lumínica nos había privado de ver más seguido este manto de luces. Ella no lo recordaba y se emocionó mucho de ver el cielo tan virgen y tan cerca. Al día siguiente, ya en 2017, despertamos con el kikirikí de los gallos. Desayunamos delicioso: arepitas andinas y queso ahumado suculento. Recorrimos en mula y caminamos hasta el río helado y clarito. Mi madre recuerda que los jóvenes tenían caballos y los mayores los burros; los sembradíos de cebollín, los niños de cachetes colorados y la señora de 80 años feliz porque tenía novio nuevo.

Al volver a Mérida subimos de nuevo a Mukumbarí, allí donde yace el sol cada mañana. Usando las instalaciones nuevas del teleférico, en poco más de 20 minutos ya estábamos en Loma Redonda y Pico Espejo, de frente al Bolívar, extrañando la calidez de Los Nevados y viendo el cielo otra vez cerquita y azulito. Desde Loma Redonda se puede pagar también paseo en mula -que dura unas 3 horas- hasta Los Nevados, o ir caminando en un bellísimo sendero que comienza en el bosque de Los Coloraditos y pasa por el Alto de la Cruz hasta llegar. 

Con agradecimiento total a los merideños por tan lindo recibimiento en cada lugar, por las cálidas manos que nos alimentaron, las sonrisas de mejillas coloradas, los ojos brillantes mirando siempre en alto y los caminos que comenzaron a trazarse desde allí, nos despedimos, esperando siempre volver. 

Caribay, tú que fuiste en busca de las 5 águilas blancas y conseguiste hielo glaciar, ahora sólo queda una pluma, ¿qué haremos con tu leyenda cuando se derrita el último glaciar? 

Fig 5. Vista del Pico Bolívar y Pico Espejo desde Loma Redonda
No Comments

Deja un comentario