EL COLECTIVO Y SU RELACIÓN CON LAS TRADICIONES VENEZOLANAS

Si todas las respuestas estuviesen a la mano, ¿de qué serviría preguntarse una y otra vez lo que pareciera que ya sabemos? El ejercicio es necesario porque siempre podemos encontrar lecturas distintas de nuestras propias visiones sobre el mismo tema. Lo individual y lo social, lo colectivo y lo tradicional ¿son parte de un todo? ¿se complementan o son características aisladas del ser humano? Las siguientes líneas tratan de descifrar un poco de esto y de aquello, sin pretensión alguna, sólo dejando que las fluctuaciones de la mente encuentren corriente río abajo y fluyan.

Año 2020, regresamos la mirada hacia lo interno, con una inevitable curiosidad sobre si eso que estamos viendo, sintiendo, percibiendo, de alguna manera tiene relación con lo que está fuera de nosotros. La eterna contienda entre quién modifica a quién, la discusión bizantina entre qué sucede primero y cómo es que realmente ocurre, llegando incluso a preguntarnos ¿realmente pasa?

 

Es así como seguimos haciendo rondas alrededor del colectivo y las tradiciones de los pueblos. ¿Es realmente el colectivo quien le da vida a las tradiciones, o terminamos nosotros como grupo social siendo la base de ellas? Para quien escribe, no está tan claro y qué bueno, porque es, en definitiva, una invitación a mimetizarse, a que no exista una cosa y la otra, a ser uno.

 

Aún así, sólo por ver qué despierta el tema en el cuerpo mental, adentrémonos en algunas definiciones. La RAE define colectivo como un grupo unido por lazos profesionales o laborales. Hay otras definiciones donde ese lazo se describe sobre la base de un objetivo en común, un propósito, que además tiene el suficiente poder de satisfacer a sus miembros en sus necesidades más vitales.

 

Somos seres sociales, hasta el más ermitaño de los individuos creará algún tipo de vinculación con alguien más, quien a su vez lo interrelacionará con lo colectivo, así sea de lejos. También somos seres creadores por naturaleza, seres de costumbres, de ejercicio repetido que busca alimentar el alma y recrear una y otra vez esa emoción. Recreamos sabores, sonidos, movimientos, colores, incluso el contacto piel con piel se vuelve una tradición.

Sin título

 

La tradición, eso de lo que tanto hablamos ¿o no? -lo más seguro es que no hablemos tanto de ella-, probablemente es como la respiración inconsciente: está allí, nos alimentamos de su movimiento y de su presencia, sin percatarnos de todo lo que en sí significa, individual y socialmente. Es una costumbre ampliada, con aún más poder, más alcance. Un ejemplo sencillo sería decir que tengo la costumbre de llegar temprano a todas mis citas y la tradición de desayunar arepa, como el resto de los venezolanos y una buena parte de los colombianos.

 

La tradición es herencia, pero para nada genética, es conductual, social. Podríamos decir ¡ya está claro! las tradiciones de un pueblo dependen de lo grupal, sin ello, no existe la transmisión de generación en generación: sin individuo no hay conducta, sin conducta no hay colectivo, sin colectivo no hay repetición que desemboque en tradición; pero, ¿qué pasa cuando coexisten baches en esa línea de acción?, cuando, como pasa en la actualidad, hay un éxodo masivo del colectivo, o como pasó en la Venezuela rural que huyó hacia la Venezuela petrolera, si es de ella de quien hablamos. ¿No es entonces la tradición quien mantiene al colectivo? ¿No es ella quien lo llama a hacerse presente?

 

Si quien debe responder soy yo, pues sí. Lo vivimos de cerca con las migraciones europeas luego de la segunda guerra mundial. Tuve la fortuna de estudiar en una escuela primaria semi privada, en la que casi todos mis compañeros eran hijos de españoles, italianos, portugueses. Y digo la fortuna porque mis raíces familiares (aunque no cumpla con el estándar físico) vienen de Barlovento, de Cumarebo, de Carúpano y allí estaba yo, rodeada de toda esa diversidad. Podía ver en ellos como llegaron con ese bolsito cargado de maneras de comer, de hablar, de apreciar la música, de bailarla… llegaron con sus tradiciones, y ese colectivo se aferró a ellas para sentir que aún pertenecían.

Foto: San Benito en Sabana Grande 2015. Rafael José S.

Pasa de una manera más cercana y actual con las migraciones internas propias de un país. Vemos cómo en la capital convergen, desde golpes de tambor de las costas, pasando por tamunangues, joropos llaneros, calipsos, hasta escuchar a un grupo de chimbangleros por las calles del centro de la cuidad; una cantidad de tradiciones a las que responde el colectivo porque somos uno, nos vamos llamando el uno al otro, nos retroalimentamos y nos re-creamos a medida que nos vamos fusionando.


Venezuela y sus cofradías, sus cultores y asociaciones civiles han dado vida a un calendario popular que, sin temor a equivocarme, es uno de los más amplios y ricos del mundo. Somos el país de la eterna fiesta, de la eterna celebración de un Santo, de una fecha. Ese colectivo que levantó una a una cada manifestación, se organizó en función de un bien común, que no era otro que el satisfacer la necesidad de pertenecer, de recrear la caricia de la madre cuando coloca el traje, de la mirada de orgullo del abuelo cuando observa en los ojos de la siguiente generación la pasión por lo que se ha enseñado, el sabor de la sopa al terminar la jornada, el reconocimiento de los pares por estar presente de todas las maneras en las que se puede. Es allí donde la tradición levanta al colectivo, lo activa y así van dándose ánimos el uno al otro, manteniéndose en el tiempo.


Ahora que no estamos tan juntos como antes, puede que hayamos entendido de qué se trata, puede que veamos de maneras más claras cómo la tradición estuvo allí levantándonos cada mañana con el olor a budare caliente, con la campanada de la iglesia que anuncia la salida del santo, con el olor característico de los palmeros cuando van llegando a la entrada de Sabas Nieves. Puede ser que aquellos que antes percibían las tradiciones como algo lejano, que sólo era apreciado por los sentidos más superficiales, ahora la estén escuchando, viendo y sintiendo desde el corazón, desde la emoción, incluso desde la nostalgia. Puede que ahora estemos más cerca.


Lo cierto es que, sin importar dónde estemos, en el país que hayamos nacido, si vivimos allí o no, seguimos siendo seres sociales, que por naturaleza buscarán ser parte. Seguiremos creando, seguiremos alimentado tradiciones y dejaremos que ellas nos alimenten con su carga extrema de emociones y sensaciones por estar allí, por compartir con los pares, por respetar a quienes la protegen y la mantienen viva, generación tras generación.

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