En movimiento

“Estamos vivos porque estamos en movimiento”, diría el cantautor uruguayo Jorge Drexler en uno de sus temas, y qué acertada resulta esta frase para hablar de nuestras sociedades: siempre cambiantes, en constante transformación y crecimiento.

Llamamos sociedad a un “conjunto de personas que viven bajo normas comunes” (RAE, 2021), y si nos adentramos un poco más en el tema, encontraremos que el comportamiento de los individuos que la componen, está condicionado por ideas que son generadas por ellos mismos desde la colectividad. Este fenómeno ha sido denominado por el sociólogo y filósofo francés Émile Durkheim, como “hecho social”. Pero… ¿Cómo se come esto y qué tiene que ver con la tradiciones?

Una de las principales características del hecho social, es que los individuos actúan por repetición, por costumbres heredadas. Por ejemplo, para las sociedades católicas, persignarse al pasar frente a una iglesia es un hábito que, probablemente, nadie nos enseñó. Lo aprendimos porque, de alguna manera, el colectivo nos mostró que ese era el comportamiento correcto, bajo esas circunstancias, y, lo más seguro, es que nuestros hijos, y los hijos de nuestros hijos, lo aprendan de la misma manera. Por otro lado, si nos vamos al oriente del país, veremos que ocurre más o menos lo mismo con la devoción a la Virgen del Valle, cuya adoración ha existido –y seguirá existiendo- por generaciones, incluso en el pueblo más recóndito y con las condiciones más precarias,  sin necesidad de que existan escuelas sobre “Cómo adorar a la patrona del oriente”.

En este sentido, podemos afirmar que todas nuestras tradiciones, irrefutablemente, son un hecho social. Están ahí presentes, no podemos escapar de ellas, nos definen como individuos pertenecientes a un determinado lugar, al tiempo que nos hacen responsables de su transmisión, sin que seamos muy consientes de ello.

Es entonces cuando nos topamos con la eterna discusión entre tradición y contemporaneidad. A lo largo de los años, se nos ha enseñado a pensar en la tradición como un hecho antiquísimo, ajeno a la actualidad, sin embargo, una de las principales características que convierte un hecho en algo tradicional es, precisamente, su permanencia en el tiempo. Entonces, ¿es realmente la tradición ajena a la contemporaneidad? ¿Lo contemporáneo no puede ser tradición? ¿Qué pasa con las tradiciones y su permanencia en el tiempo, con su realidad actual?

Volvemos al principio de estas letras y al finado Drexler, “Estamos vivos porque estamos en movimiento”, o dicho en otras palabras, todo aquello que se niegue al avance, transformación y/o ajuste, está destinado a perecer, y nuestras tradiciones no escapan a ello.

Son miles los factores que inducen cambios constantes en la sociedad y sus individuos: economía, tecnología, el cambio climático, la globalización, entre otros. Por más que quisiéramos, no existen sociedades estáticas, siempre estamos reajustándonos para encajar en nuevas circunstancias y, aunque muchos de esos cambios son casi imperceptibles, no dejan de generar huellas.

Decir que la tradición es cosa del pasado y desvincularla de la contemporaneidad, sería negar su naturaleza social. A lo largo de los años, son muchos los modificadores que han intervenido para moldear nuestras costumbres -colonización, alfabetización, nuevas tecnologías, migraciones, pandemias-, los individuos van evolucionando y es precisamente esa capacidad de adaptación, la que ha asegurado su permanencia en el tiempo: aún cuando las tradiciones de un pueblo son aprendidas por repetición y herencia, cada generación ha encontrado la forma de adaptarlas a las circunstancias de su época, para hacerlas actuales, pertenecientes al momento. 

Entonces podemos concluir con seguridad, que si, la tradición como hecho social es antiquísima, pero también es contemporánea, se mantiene en constante movimiento, interactúa con su momento histórico y se modifica para sobrevivir a una generación más. Una realidad no niega a la otra y no cabe duda al respecto. 

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