La Actividad Cultural Comunal: una semilla que germina

Los procesos a través de los cuales se promueve y estimula la actividad cultural, tienen en un sentido amplio la capacidad de poder generar cambios, intervenir formas de producción material y simbólica, y estimular la participación social en todas sus formas (Moreno González, 2012: 99). A través de estas líneas se describe como una iniciativa comunal pensada para el fomento, la práctica y promoción de las manifestaciones culturales tradicionales venezolanas, posibilitó la activación social y política, al tiempo que estimuló procesos identitarios y de transmisión de conocimientos en los habitantes de la calle El Molino de Catia, en la ciudad de Caracas en la década de 1980.

Corría el año de 1983. A las 5 de la tarde, dos veces por semana, en la casa de Mercedes se rodaban los muebles, se pasaba la escoba y se hacía café porque ya llegaba la muchachada. El motivo variaba según la fecha y mientras alguno de los hijos ajustaba el equipo de música, entre varios de los adultos se organizaba “el cómo” se iba a bailar. En esa casa de la calle El Molino de Catia, dedicadamente se hacía algo más que ensayar… Se sembraba el ímpetu de querer mantener viva la identidad desde lo más sencillo, sentido y práctico: bailar música venezolana. 

 

Mercedes nació en Cariaco, al oriente de Venezuela, y, a finales de la década de 1960, llegó a Caracas. Allí se estableció en Catia junto a sus cinco hijos y su esposo, un Italiano llegado al país después de la guerra. En esa comunidad, la cotidianidad era reflejo de las complejidades propias que implica la convivencia. La tolerancia y la preservación del espacio eran terrenos con más desencuentros que coincidencias, en momentos en los cuales el país transitaba una de sus tantas y sentidas crisis económicas y políticas.

 

Para entonces, el distanciamiento de los partidos políticos gobernantes de los sectores populares, había traído, entre otras consecuencias, el descreimiento de éstos ante cualquier propuesta de participación política. Sin embargo, la participación que proponía la actividad cultural popular cobró fuerza y, lejos de legitimar diferencias, significó un ejercicio de identidad y transmisión de saberes diverso y perdurable. 

 

Cuando empezaron con los “bailes” en la casa de Mercedes, hubo un espacio común que floreció rápidamente, desde el cual se gestó espontáneamente el estudio para aprender sobre lo que se iba a replicar. Se hizo imperioso conocer por qué se bailaba; cuál era la historia de estas manifestaciones; cómo lo habían hecho los abuelos; cómo se hacían los trajes; quiénes cantaban lo que se bailaba; ¿se tenía que rezar? La mayoría de los vecinos asentados en esa calle, provenía de distintas partes del país y cada uno aportó lo que conocía y traía consigo de su región, dando un aporte sumamente valioso.

Calle El Molino, Catia. Autor desconocido

Aunque todo aquello respondía, en gran medida, a una actividad de proyección, la apelación constante a las tradiciones heredadas se convirtió de manera paulatina, casi involuntariamente, en conocimiento transmitido a las generaciones más jóvenes. Este tipo de dinámicas, es descrita por la UNESCO como parte de los procesos que (re)crean la generación de identidad cultural: “[E]sta construcción colectiva y su respectiva tipificación de los imaginarios simbólicos que constituyen la identidad cultural, requieren de una conciencia histórica y un proceso de valoración colectiva y se fortalece a través de la educación formal y no formal” (UNESCO 2012: 15) 

 

Este proceso inculcó además en quienes participaban un sentido de responsabilidad enorme, no solo con la manifestación cultural viva en sí misma, sino con su entorno y hacia los demás, especialmente hacia los niños y niñas de la comunidad. A la inquietud por conocer y enseñar, por dotar de identidad a aquella barriada, le siguió la planificación que articuló actividades tanto para la difusión cultural, las cuales con los años se hicieron conocidas y multitudinarias, como para la activación social de la comunidad, haciendo posible incluso que se recuperaran espacios hasta entonces dejados al abandono. Se tomó conciencia de que colectivamente era posible pensarse, porque había un nexo que se construía a partir de una simbología compartida al replicar un patrimonio común. 

 

La activación en la comunidad, se ejerció de forma bidireccional. En un sentido, se trabajó en la conciencia de preservar y cultivar la importancia de lo cultural y en el otro, se impulsó la acción conjunta para motorizar otra serie de actividades concretas, las cuales estuvieron directamente relacionadas con el vínculo generado. De esta forma, se realizaron campeonatos de juegos tradicionales venezolanos y comenzó un proceso de vinculación de otras comunidades y agrupaciones culturales con la comunidad de la calle El Molino, para el intercambio de experiencias y saberes. 

 

La relación de la cultura con los ámbitos económico, político y social determina la forma en la cual es percibida, considerada y asumida. Su importancia y trascendencia, es capaz de permear los distintos campos de acción y producción humana. (Oliva Abarca 2018) En este caso, lo que surgió en la calle El Molino en Catia, fue rápidamente identificado por las relativamente nóveles organizaciones políticas y civiles que hacían vida en el lugar, como por ejemplo Pro Catia Causa R, un partido que en el intento de gestar representatividad política desde el campo popular en las ciudades, encontró en esta dinámica cultural, una forma de entender y trabajar con la gente de ese sector de Catia. 

 

Con el campo cultural como entrada, fue posible la actividad conjunta del partido con la comunidad, aunque es importante destacar que los encuentros culturales permanecieron diversos, hasta entonces, en todo sentido. Había sido y seguía siendo lo cultural, lo que había generado en primera instancia el encuentro y la acción comunitaria, aunque la misma posibilitó el acercamiento de muchos de los habitantes a la participación política. 

 

En la calle donde vive Mercedes, todavía se organizan los vecinos. Existe y hay -dentro de lo posible- actividad política, pero como en aquel momento, la gestión cultural no depende de ésta. Los que trabajaron junto a Mercedes en aquella época y que aún viven, han visto como sus hijos, los niños de entonces, quienes permanecen en la barriada o en contacto con ella, cada tanto intentan promover iniciativas que trasmitan y rescaten las expresiones populares tradicionales que allí aprendieron. 

 

Los referentes se transformaron y el elemento tradicional mermó en el tiempo como eje unificador. Sin embargo, se sumaron y adquirieron prácticas distintas que coexisten con los mecanismos y la inquietud latente de gestar y promover un imaginario común y propio. 

 

En tal sentido, la UNESCO (2020) destaca que “la importancia del patrimonio cultural inmaterial no estriba en la manifestación cultural en sí, sino en el acervo de conocimientos y técnicas que se transmiten de generación en generación”. En el caso específico de esta experiencia, las manifestaciones que se reproducen en la actualidad cambiaron, pero la forma de convocarse y replicar las expresiones permanece. Con el transcurrir de los años, la realidad política y social de Venezuela también cambió radicalmente, pero Mercedes dejó una semilla que ha trascendido los inmensos cambios tecnológicos, sociales, políticos y económicos de estos 37 años. 

 

El cúmulo de expresiones de ámbitos tanto materiales como espirituales que abarcan de forma transversal los sistemas de valores, tradiciones, creencias, costumbres y modos de vida de una comunidad o grupo social particular, es decir, la cultura en sí misma, resulta un factor fundamental en el modo en el que se establecen y promueven la inclusión, la participación y la interacción. Su reconocimiento y transmisión como parte del acervo tradicional y popular, constituyen una herramienta poderosa tanto para la preservación patrimonial como para el fortalecimiento identitario y de pertenencia (UNESCO 2020). 

 

Experiencias como la de Mercedes, quien hacía de su casa un centro cultural sin serlo y sin tener la intención de que así lo fuera, pueden verse replicadas en un sin fin de formas -más o menos parecidas- en muchos lugares. De ellas es destacable particularmente el modo práctico y sensible en el cual una manifestación tradicional, en este caso el baile, hizo posible la activación de lo colectivo y popular, al tiempo que generó alternativas de organización en la comunidad que se tradujeron en años de encuentros, los cuales giraron en torno a la ejecución, promoción y difusión de las manifestaciones culturales tradicionales venezolanas.

Referencias bibliográficas

Moreno González, Ascensión (2013): “La Cultura como Agente de Cambio Social en el Desarrollo Comunitario”, Arte, Individuo y Sociedad, 25(1): 95-110.

Oliva Abarca, Jesús Eduardo (2018): “El concepto de capital cultural como categoría de análisis de la producción cultural”, Revista Análisis, vol. 50, núm. 93. 

UNESCO (2012): Fácil guía 1: Cultura y nuestros derechos culturales, UNESCO Oficina San José & Secretaría de Cultura, Artes y Deportes de Honduras, disponible en: https://unesdoc.unesco.org/ark:/48223/pf0000228345 (consultada el 30/7/2020).

UNESCO (2020): “¿Qué es el patrimonio cultural inmaterial?”, sitio web disponible en: https://ich.unesco.org/es/que-es-el-patrimonio-inmaterial-00003 (consultada el 1/7/2020).

One Comment
Reiban Balasco Astudillo.
24 septiembre 2020 6:18 pm

Excelente, artículo referente a los actos culturales, realizado en una comunidad llamada los Magallanes, hechos ocurridos en invocados por una sra. Con nombre Mercedes María Astudillo de Balasco, persona dedicada al desarrollo cultural de la comunidad, por tal motivo, me parece de mucho valor, recordar los trabajos dedicados de esta persona, y porsupuesto, recordada a través de este artículo, y elaborado por tan prestigiosa periodista. Los valores y los premios se disfrutan en vida gracias.

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