LO TRADICIONAL Y LO CONTEMPORÁNEO, UNA INHERENTE DEPENDENCIA

Entrando en una nueva era, que podemos intentar nombrar como pos “pos” modernidad (ya se encargarán los estudiosos futuros de catalogarla), la interrogante sobre la importancia, transcendencia y relevancia de lo antiguo y “tradicional”, vuelve a estar presente en este proceso de cambio. Esto, sin duda, es un ciclo de conflicto humano recurrente. La necesidad de interpelarnos para definirnos es una característica inherente de transformación. Ya sea que la clasifiquemos como evolución, innovación o mutación, el proceso parte desde una esencia inequívoca: mirar al pasado para cuestionar, analizar y concluir. Por tanto, creer que estamos en un proceso novedoso es engañarnos. Lo que sí es cierto, dentro de lo nuevo de este conflicto, es que nos toca como generación realizar preguntas con variables diferentes en la ecuación. Allí nace el reto sobre el que nos toca profundizar.

La cultura tiene muchas acepciones, especialmente por ser consecuencia de una ciencia inexacta. Aún cuando muchos estudiosos puedan cuestionarme de diversas maneras mi atrevida concepción de esta palabra, creo que todos podemos llegar a congeniar en una irrevocable noción: cultura, son aquellas características que definen a una sociedad por sus acciones aprendidas y transformadas, generación tras generación.

Al enfrentarnos ante un concepto tan dinámico como este, la interrogante macro de este artículo empieza a moldear lo que inicialmente era una postura lineal. Tradicional y contemporáneo son dos conceptos que intentamos enmarcar con fronteras bien delimitadas, cuando realmente una se convierte en la otra en el transcurso del tiempo, para que luego las próximas generaciones, en su oportunidad de interpelación de los cambios y la necesidad de definirse, retornen a ellas con nuevas referencias. Es decir, lo que hoy nos parece contemporáneo, en el futuro, si la sociedad lo decide, puede ser parte de ese gran concepto de tradición.

Ahora, es claro que no todo lo que ocurre en el pasado, tiene porqué terminar siendo tradicional. La incorporación, decisión de cambio, y hasta la aceptación de descubrir que ya es parte de nosotros, son procesos que requieren de tiempo para descifrar si estamos presentes ante lo que ya es una costumbre que tiene asidero argumentativo en nuestro quehacer diario. Sin embargo, esto recae en lo que siempre debemos hacer para cuestionar, analizar y concluir: mirar al pasado para reconocernos.

A partir de este momento pude encontrar la claridad para escribir este artículo y ofrecer mi postura para sumarle variables a esta ecuación que, como generación, nos toca evaluar. Como lo he expuesto arriba, este conflicto no es nuevo, solo que es ahora nuestro turno de analizarlo, y es por eso que decidí escudriñar el pasado para encontrar un momento que fuese punto de quiebre para la sociedad venezolana. 

En mi búsqueda por un momento de cambio -sin duda hay muchos-, conseguí que en 1948 puede que haya uno especial. En ese año, llega a la presidencia de Venezuela la primera persona elegida por sufragio directo, secreto y universal, en el que además de hombres mayores de 21 años, votaban mujeres y analfabetas, hecho que marcaba una nueva era en el ámbito político y social del país. Además, resulta electo Rómulo Gallegos, primer presidente del área artística, quien se atrevió a realizar una juramentación fuera del Congreso Nacional, y en la cual ocurrió un hito cultural: La Fiesta de la Tradición, organizada por el destacado intelectual, poeta e investigador folklórico, Juan Liscano. Fue en el Nuevo Circo donde por primera vez se conocieron agrupaciones del oriente, occidente, centro y resto del país. Un espacio de ebullición artística que celebró lo que generaciones pasadas exploraron e hicieron expresión de sus pensamientos, espesando ese discurso que la sociedad precisaba y que la libertad ciudadana para escoger, concretó.

Es en este contexto cuando llego a la obra que quiero desglosar como parte de este ejercicio de reconocerme: La balandra Isabel llegó esta tarde (1950), film venezolano dirigido por el argentino Carlos Hugo Christensen. Aunque críticos y cinéfilos puedan tener discrepancias al utilizar esta película como punto de quiebre por su relevancia en nuestra historia cinematográfica, mis argumentos yacen en la profundidad literaria, visual y musical que esta obra ofrece por atreverse a revolver la mente del venezolano.

RUPTURA DE ESTEREOTIPOS SOCIALES:

Con la llegada de Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez al poder, empieza a florecer la rebeldía como parte de la necesidad de libertad. El arte, como exquisito medio de comunicación, se convierte en el único espacio para expresar y relatar -ya sea en medio o luego de la dictadura- el revulsivo pensamiento común de cambiar el estatus quo en que se sumergió una creciente sociedad intelectual, cuyo potencial era refrenado y que, sin embargo, su motivación era superior al miedo de la contención. Sus necesidades de vanguardia para lograr otra corriente, generaron una ruptura de estereotipos que se reflejaron en el abordaje de temas que, a través de la ficción, reflexionaban sobre nuevas visiones del mundo, posturas y hábitos que penetraron en la sociedad hasta el punto de bullir como un sentimiento colectivo.

Los personajes femeninos de ruptura son tal vez ese elemento característico de avanzada que manifestaba ese atrevimiento. Bajo una sociedad conservadora y limitada, donde la mujer tenía espacios condicionados de desarrollo, incapaz de explorar otras áreas (algunos pensarían que por tradición más que por miedo a visiones diferentes), la aparición de personajes como María Eugenia Alonso, en la novela de Ifigenia (1924), de Teresa de la Parra, iniciaron el proceso de edificar un camino que poco a poco fuese solidificándose en el tiempo. Por su osadía de intentar quebrar los cánones de la mujer casada, tal vez sea la primera a enumerar dentro de una interesante lista que nutrieron a los personajes que en el film terminaron por aparecer.

Una vez abierta esta puerta, el florecer de estos personajes tomó una fuerza que, podría atreverme a decir, se convirtió en tendencia. En 1925 aparecería Rómulo Gallegos con su novela La Trepadora, en donde da vida a Adelaida Salcedo y su hija Victoria, una herencia de ambición de madre a hija; cuatro años después emergería con fuerza de leyenda su Doña Bárbara (1929), con uno de los personajes más icónicos de la literatura venezolana, por su ilimitada fuerza y poder femenino; luego aparecería Guillermo Meneses con su cuento de La balandra Isabel llegó esta tarde (1934), desarrollando una especial comparación entre dos mundos femeninos: el mesurado y fiel, frente al pasional y traicionero. Una quinta mención podría ser Ana Isabel, una niña decente (1949), de Antonia Palacios, donde sin tapujos ni reservas la infancia haría acto de presencia en estos relatos.

Esta inclinación argumentativa y narrativa, que llevaba más de 25 años, llegó a la gran pantalla con la adaptación del cuento de Meneses, donde incluso podemos intuir que la pluma de Aquiles Nazoa, quien colaboró en los diálogos del guión realizado por Christensen, aportó intención por compartir el pensamiento de este grupo de artistas e intelectuales arriesgados para su época.

Si preguntásemos si las decisiones y manifestaciones de estas generaciones que vivieron la producción de estas obras, fueron consecuencia de esos intentos contemporáneos por expresar nuevas visiones, no solamente afirmaríamos, sino además reconoceríamos lo tradicional y normal que es ahora pensar de esa forma y bajo esas estructuras sociales.

VANGUARDIA VISUAL BASADA EN ESTILISMOS TRADICIONALES CINEMATOGRÁFICOS:

Cuando Esperanza Crespo aparece en pantalla, su impacto visual generó un primer golpe moral a los espectadores. No era la primera prostituta fina que conocían, aún en el mundo de la imaginación, pero sí la primera que doblegaba a todos los “machos” que decidiesen luchar por ella. Ni siquiera Segundo Mendoza, el capitán de la Balandra Isabel, pudo resistirse al hechizo de dominación y brujería seductiva que el cuerpo, la voz, las frases y las miradas de Esperanza generaban en cualquier hombre. No es en vano que su primer enfrentamiento en todo el film, sea precisamente por tenerla como premio final.

Pensar esto en 1950, es crear conflicto moral y ético, consecuencia de la osadía que sembraron, por años, las narrativas antes mencionadas, y que ahora podían catapultar el pensamiento bajo una expresión más global con el cine. Christensen lo precisó desde el principio, pues el posicionamiento de la cámara para destacar a Esperanza -siempre por encima de Segundo, siendo ella más pequeña en altura-, requería de las técnicas visuales de este arte. Las angulaciones de planos aberrantes que muestran a un Segundo sumergido en la brujería de Bocu, exponen al “macho” más fuerte de la historia completamente dominado. Sansón y Dalila ya tenía esta narrativa, pero al verla representada en nuestras costas, la empatía era más significativa. Una estrategia artística para incrementar las intenciones literarias del cuento.

Desde una perspectiva religiosa, expresar fronteras y decretar bondades y perversiones entre la cristiandad y la santería-brujería, utilizando el estilismo de claros y oscuros, expresiones faciales en primeros planos, y yuxtaposiciones de imágenes que influencian en la percepción de la psicología del drama, manifestaban el bien y el mal de forma concreta. Christensen, influenciado con el expresionismo alemán, usa este estilo en ciertos parajes del film para potenciar el simbolismo. Aunque no es una película que aborde directamente posturas religiosas, lo tradicional del pensamiento no era la intención de cambio sino el uso de recursos que datan de finales del siglo XIX y principios del XX, para remarcar la intención del camino correcto hacia la sanación. Una propuesta tradicional del cine que sería vanguardista en la expresión de nuestra industria.

A pesar de adoptarla, no habría cambios en las formas y estructuras actorales que marcaban una tendencia en nuestra industria cinematográfica, siendo el cine mexicano y argentino nuestras principales referencias y modelos de aprendizaje y ejecución. Una singular mezcla de estilos que emergería como renovadora para nuestras producciones.

MÚSICA TRADICIONAL POR ENCIMA DE LO DECORATIVO Y EXÓTICO:

La composición de la banda sonora de Eduardo Serrano, se vio especialmente influenciada por los temas de corte popular escogidos como parte de la música diegética del film. El leitmotiv utilizado para expresar la sanación de la familia como norte, nace de la diversión oriental que canta Juan Mendoza; misma situación ocurre con la canción embrujadora que Esperanza canta a todas sus presas. Pero además de ello, la utilización de el polo, la jota, el joropo central instrumental en el botiquín, y el canto de mampulorio, recaen en una necesidad discursiva de hablar sobre la vida del marinero, el engaño de enamorarse, lo recio que es un hombre borracho para cambiar de parecer y el camino hacia la pérdida definitiva de un hijo.

Aunque en esta materia sólo podemos mencionar la innovación conceptual, no es tradicional el uso de la música popular como discurso musical en nuestra industria -incluso ahora es casi inexistente su reconocimiento-, y sin embargo, por alguna razón, Juan Liscano fue asesor de todas las escenas de ceremonias y bailes folklóricos en el film. Su influencia volvió contemporáneas, en esa época, expresiones de cientos de años, por su utilización como simbolismo.

Este film requirió de un estudio importante del momento social, artístico, estilístico, musical, religioso, y hasta político para poder establecer un discurso de tan significativa importancia como obra perdurable en nuestra industria cinematográfica, tanto en su argumento como en sus decisiones técnicas. Ese ejercicio, que deberíamos definir como disciplina, es el que nos lleva a comprender que un producto de expresión como el logrado en ese año, cuyo valor perdura en el tiempo, necesita de un estrecho conocimiento de lo que se quiere hablar, analizando de dónde viene, a dónde va, y hacia dónde lo queremos proyectar, pues, más allá de un estudio por parte de artistas para concretar una forma de expresión, la sociedad se verá influenciada por el producto final, e iniciará ese hermoso proceso de redefinición, gracias a la reflexión sobre temas, estructuras, posturas, formas e ideas que conllevan a la interpelación de nuestra vida y costumbres, visiones y acciones, pensamientos y manifestaciones. 

Desvincular la estrecha relación que lo tradicional provoca en el pensamiento contemporáneo, es redefinir la cultura sin dinamismo, maleabilidad y transformación. Sucede de la misma forma a la inversa, pues es inevitable que las acciones que sembraron las ideas para que un film de esta temática terminara en una sala de cine, premiado internacionalmente, y siendo un objeto de tradición de nuestra industria cinematográfica, tengan cabida sin la aceptación, empatía y reconocimiento de la sociedad que ahora se refleja en esa expresión que intentó plasmar una visión nueva. Lo contemporáneo convirtiéndose en tradición.

Por tanto, estos conceptos no poseen un real distanciamiento. Su retroalimentación es el elemento que enriquece la cultura y mantiene viva la constante búsqueda de una identidad en persistente transformación. Entonces me atreveré a concluir que lo tradicional y lo contemporáneo son inherentes en su existencia.

One Comment
10 marzo 2021 6:21 pm

Un análisis muy interesante, desde una perspectiva compleja

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