Rolando Canónico

Cuando crucé la puerta de ese salón, en la Escuela de Arte Popular Otilio Galindez, jamás me imaginé que cambiaría mi vida por completo. 

Yo andaba medio cabizbajo por esos días, la planificación que había realizado para mi vida después del bachillerato, no había salido del todo bien. No tenía cupo universitario, no había dinero para pagar una universidad privada y la obligación de “hacer algo” estaba allí, con un peso increíble.  

Decido entonces “buscar qué hacer”. Había opciones fáciles: un curso de inglés  -que lo hice-, un curso de Excel -que no lo hice-… pero la que más resonaba en mi corazón -como un tambor- era la opción de adentrarme en el mundo de la percusión afrovenezolana. Es allí cuando, por medio de mi hermana, conozco de la existencia de la Escuela de Arte Popular Otilio Galindez, donde, entre diversos talleres, ofrecían el taller de percusión que yo andaba buscando. 

Salgo para asistir a mi primera clase y me pierdo en el camino, pero por esas casualidades de la vida, me encuentro con un señor –quien se convertiría en un gran amigo- que iba al mismo lugar. Me da la bienvenida y me guía hasta el recinto de la escuela. 

Ya en el salón, recuerdo claramente: “hoy tenemos un alumno nuevo”, se le escucha decir al profesor, al tiempo que me invita a hacer una prueba de rítmica y coordinación para saber qué cosas iba a poder hacer y guiarme mejor. 

Comienza la clase. Estábamos en época decembrina y el ritmo a estudiar era gaita de tambora. Primero veríamos el tamborito. El profesor anota en la pizarra cómo se ejecuta el golpe, lo que hace la mano izquierda, lo que hace la mano derecha y un “recurso nemotécnico” escrito debajo de cada golpeo, que para el tamborito era el siguiente: Ven-te-para-acá-tú. Esto se quedaría grabado en mi mente para siempre, así como cada uno de los momentos que pasé en las clases de Rolando Canónico, en la Escuela de Arte Popular Otilio Galindez. 

Y es que Rolando se esmera tanto por hacer bien su trabajo, que es imposible que su labor se borre de tu memoria. La entrega y la pasión con la que es capaz de desenvolverse dentro de la percusión afrovenezolana, sirve de inspiración para muchos -dentro de los que me incluyo- de los que seguimos su andar de cerquita para intentar emular sus pasos. 

Una anécdota curiosa nos pasó cuando intentaba enseñarnos a entrar con el Cruzao, en el Culo ‘e Puya de Curiepe: pasó semanas buscando la forma más fácil e ideal para que todos lográramos hacerlo. Saltaba de ejercicio en ejercicio pues lo que capaz servía para mi, no servía para otro compañero, y su objetivo era que aprendiéramos todos. Practicamos imitando el movimiento con la Prima, probamos empezar con el toque del Cruzao y posteriormente la prima, para entender la sonoridad de la batería de tambores; en fin, no recuerdo bien la cantidad, pero hicimos todos los ejercicios que fueron necesarios para que todo los que estábamos en el aula pudiéramos aprender. Eso me parece ejemplar, admirable, extraordinario. 

En lo personal, tengo muchísima dificultad para aprender los ritmos de la percusión afrovenezolana, pero ello no hizo que él desistiera de enseñarme, todo lo contrario, siento que me convertí en un reto personal, que en lugar de hacerme a un lado, me incluyó tanto, que terminé enamorándome de la cultura popular venezolana. Y estoy seguro que todos los que pasamos por ese salón de clases, quedamos igual de enamorados.

De esas cuatro paredes que vibraban al ritmo de los tambores, salimos un grupo de personas hermanadas, que se ayudaban en las muestras de los colegios donde daban clases. En las actividades que desarrollaba cada uno, jamás faltaba el apoyo del otro y eso fue un logro de Rolando, que supo crear estos lazos desde la enseñanza, desde el cariño por la música, desde su figura de mentor que, sin duda, en algunos casos, parecía un padre musical, pues siempre supo apreciar lo mejor de cada uno, potenciando nuestras habilidades, haciéndonos creer que podíamos, convirtiéndonos en la mejor versión de nosotros. Por esto siento que no exagero al iniciar este artículo diciendo: entrar a ese taller cambió mi vida para siempre. 

La entrega de Rolando es de tal magnitud, que nos abrió de par en par las puertas de su casa, su familia se convirtió en la nuestra, su celebración de Cruz de Mayo con entrada a San Juan -que lleva celebrándose ininterrumpidamente por más de 30 años- es una cita obligatoria, un pago de promesa propio, un festín de alegría y nostalgia difícil de describir con palabras por la forma en que nos fuimos vinculando. Aplaudo de pie este tipo de acciones, que nutren nuestro sentir, nuestro amor por el país y promueven un sentimiento de arraigo gigantesco. 

Enseñar desde la humildad, el respeto a las tradiciones, el conocimiento aprendido en años de experiencia; ser multiplicador de saberes, inspiración para muchos, ejemplo a seguir para otros tantos, son cualidades que muy pocas personas poseen y Rolando las reúne todas en sí mismo. Hoy más que nunca debemos apreciar su valía para la sociedad, para las generaciones futuras y para la cultura popular venezolana.  Hay que reivindicar la acción de nuestros maestros y su aporte a las personas, desde lo particular hasta lo general. Recrear este tipo de experiencias, haciéndolas más visibles, más numerosas.

Desde mi experiencia -y sé que muchos me acompañarán- gracias por tanto Rolando, por hacerme mejor y cambiar mi vida para siempre. 

#PostData: Rolando es un musicazo y eso le ha servido para participar en un sinfín de producciones discográficas y en proyectos musicales maravillosos. Quisiera destacar algunos, para que los que lean este escrito, no sólo sepan de mi primer profesor de percusión, sino también de la música tan bonita que se hace dentro de Venezuela. En primer lugar, está mi CD favorito de todos los tiempos, “Cantadurías” de Ismael y Pachecosegunda vez que lo recomiendo -. En segundo lugar, estarían las 2 primeras producciones de Pomarrosa “Decir Piel” y “Otra Historia”. En tercer lugar el Disco –“Zaranda Vino a Tocar” de la agrupación Zaranda. Todos producidos por Fundación Bigott. Y en cuarto lugar, pero no menos importante, la segunda y tercera producción de Caracas Sincrónica “Zafarafa” y “Tábara”. Esto sería un simple abre boca, pero con la variedad suficiente para disfrutar la diversidad musical venezolana. 

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