Somos continuidad…

¿Has pensado qué pasaría si en un par de décadas un “cumaco” se convierte en un adorno, una manta guajira en un mantel o una máscara de diablo en parte de la decoración de la pared de tu departamento? ¿Crees que los objetos perderían su significado? ¿O que lo modificarían al ser insertados en un nuevo sistema cultural?

Mi abuela ya no “pila”; la batea se usa para guardar objetos; la boca del “clarín” ahora es de  PVC, pero aún la peonía se usa para espantar el mal, la “conserva de coco” no falta en Semana Santa y le relatamos a los niños la leyenda de La Llorona. Cambiaron las formas de comunicarnos mientras las nuevas tecnologías modificaron bruscamente los modos de producción y la espiritualidad se orientó hacia el pluralismo.

“Salió la harina P.A.N y nos jodimos”, me dijo un cuyagüero en una de las investigaciones que hice en la localidad.

 

¿Has preparado un sofrito, bailado un golpe de tambor, usado un refrán? ¿Para ti son prácticas antiguas o contemporáneas?

 

Cada nueva era histórica se refleja en el cuadro y en la mitología activa de su pasado o de un pasado tomado de otras culturas. Cada era verifica su sentido de identidad, de regresión o de nueva realización teniendo como telón de fondo ese pasado. Los ecos en virtud de los cuales una sociedad procura determinar el alcance, la lógica y la autoridad de su propia voz vienen de atrás.

George Steiner. 

Los modos de producción determinan las formas de relacionarnos en cada época y también las acciones que llegarán a convertirse en tradición. La tradición es la hija del espíritu creativo, es una expresión resultante de adaptaciones, mezcla de valores espirituales, culturales y materiales que confluyen en un mismo espacio y se expresan de acuerdo a la “permisología” otorgada por los grupos hegemónicos del momento, pero que al sentirse amenazada, se escabulle y resiste ante aquello que la oprime.

No somos inicio ni fin, sino continuidad.

El fogón

Originalmente fue aborígen y en la época de la colonia se transformó en mestizo. Indígenas, españoles y africanos se amalgamaron para hacerlo criollo. Si bien cada grupo aportó al panorama alimentario, a las manos negras a fuerza de latigazos y grilletes, les tocó la dura tarea de la “candela”. Vientres pegados al fuego, cocieron alternativas que hoy alimentan nuestros cuerpos, mentes y espíritus. 

De su relación con la tierra –vínculo primero forzado y luego aceptado–, nacieron el cacao, el cambur, la patilla y el quinchoncho, frutos que gustosamente seguimos sirviendo en nuestras mesas. 

Las cocineras negras legaron a las criollas el swing del sartén, el estallido de aromas y el mosaico de texturas. Con su chispa encendieron nuestras cocinas, la pusieron a sonar y la vistieron de colores. Parieron el “sofrito”, exaltando la grasa en guisos y salsas. Arroparon manjares con hojas de musáceas, las mismas que hoy usamos para vestir las hallacas, y “de tanto darle al pilón” hicieron costumbre el pan de maíz, deliciosa masa redonda que se casó con el budare.

Investigando sobre las formas de alimentación que nos brindaron los africanos en los tiempos de la colonia, encontré que no sólo del fogón vino el sustento: la teta negra fue alimento vital de aquellos tiempos, por ser el primero que miles de niños blancos recién nacidos probaron al llegar al mundo. La nodriza era pilar alimentario: les ayudaba a llegar al mundo, descubría su seno para darle del líquido que lo haría crecer mientras le alimentaba también el corazón con arrullos: 

Duérmete mi niño 

que tengo que hacer 

lavar los pañales 

sentarme a coser. 

Entre los años 1800 y 1900, se publicaba en los diarios: “Se solicita una negra con abundante leche, excelente lavandera y planchadora, con principios de cocina, joven y sin tachas”. 

Mi recorrido por algunos pueblos de Venezuela me demostró viejas –¿o nuevas?– costumbres. Por ejemplo: en Barlovento conocí la “cafunga”, que es un dulce preparado con cambur titiaro o topocho maduro, coco, papelón y envuelto en hojas de plátanos. En Tarmas degusté el “funche”, que es una preparación a base de maíz molido con manteca, sal y sofrito, que debe ser “meneado” con cuchara de madera. Y en Cuyagüa presencié la práctica del tendido del cacao, además de conocer los mejores secretos para hacer aguardiente como la “güarapita”, “…la que lleva guayaba, naranja y también se le echa parchita”.

Esas formas gastronómicas, viajaron a nuestros fogones cuando cansadas de esclavitud, se mudaron a los cumbes con los negros. Y en el fogón, la “cayapa” y con ella la tertulia, la bebida, la comida, los cantos y bailes. El cuerpo. 

El cuerpo

Caminar por las calles de Naiguatá, Tacarigua o Farriar es constatar que el cuerpo es la no vergüenza de ser él mismo, un tongoneo innato, huesos y músculos con espectacular seguridad. Macizos y brillantes se manifiestan con swing, se desplazan con desenfado en fuelle constante, como si estuviesen felices simplemente de existir. 

Heredamos “polirritmia” en los talones, la risa del cuerpo al caminar y la alegría como eje central de la vida; todo esto es gracias al predominio que tienen, tanto sentimientos como emociones, por encima del pensamiento en los grupos étnicos de origen africano que llegaron a Venezuela.

También somos herederos de madera y cuero por la necesidad de tender un puente sonoro entre la tierra perdida y la nueva realidad. 

Este instrumento, además de arma de guerra, fue otrora símbolo de desenfreno y de liberación temporal en su fiesta, la de los esclavos, que se celebraba el 24 de junio; un paréntesis para descansar del amargo trato que recibían de los “señores”, ya que se trataba del único día que se les permitía bailar y tocar. El tambor viene desde la época de la colonia como herencia africana sincretizada con las tradiciones religiosas de los colonizadores. En nuestro suelo se convirtió en latido colectivo, encubrimiento de rebeliones y también en un mecanismo de subsistencia y resistencia. El tambor aún se baila al tiempo que marca la sangre, lleva sudor como ingrediente indispensable y un espíritu infatigable junto a la concentración de la fuerza erótica en las caderas que vibran sin posibilidad de contención. Lleva mudanza (libertad de expresar individualmente lo que se siente y cómo se siente),  invenciones y un toque de añoranza. Ha sido siempre hijo del espíritu joven, ha ampliado su alcance y pasado a las nuevas generaciones sonando en forma de “burro negro”, furruco o tambora. 

Ya no hay grilletes en nuestros tobillos ni látigos golpeándonos las carnes; la asfixia antigua que hacía una pausa el 24 de junio y concedía un instante de respiro para vivir la libertad de un día, desapareció. Pero aún vestimos los cuerpos de alegría para acudir al tambor, nos pintamos los labios de risa y lucimos turbantes, crinejas y sombreros; adornos de antaño. Muchos seguimos esperando ansiosamente las celebraciones callejeras y fiestas de santos, días en los que el cuerpo es el protagonista y el frenesí su acompañante.

El tambor no es sólo repique sobre el parche o metralla del “palitero”; son los pies batiendo el polvo de la tierra, placer erótico, mujer que seduce, hombre que persigue. Amorío que retumba entre cuerpos de carne y madera, engendrando verbos.

El verbo

Chévere, güayoyo, caraota, cambur y bemba, son palabras que asumimos como propias de nuestro lenguaje. ¿Las has usado alguna vez?

La realidad es que parte de la riqueza de nuestro vocabulario está vinculada a la rítmica de los grupos traídos de Nigeria, Angola y Guinea, que concibieron sonidos nuevos en suelo venezolano. Sin ellos no hablaríamos igual. 

Para nosotros todo es “chévere”; esta palabra tan representativa del lenguaje popular, es de origen africano, proviene de sébere, que en idioma efik, dialecto nigeriano, significa trajearse con elegancia. Actualmente la usamos para referirnos a algo bueno, de calidad y también como una fórmula para contestar a un saludo, indicando que estamos bien en todos los sentidos. 

Decimos cambur en vez de banano, herencia de las lenguas africanas guanches que lo nombraban como camburi o cambure. Otros grupos de africanos usaron “yoyo” para referirse al agua de las caraotas negras y mezclado con el gua (agua), de nuestros indígenas, nació el güayoyo, brebaje que no puede faltar en nuestras mesa cuando amanece. 

Los venezolanos no pelamos una “ganga”, vamos a la playa en “tanga” y nos cuidamos de que nos soplen “burundanga”. Si alguien es de cuidado le decimos “mandinga”, al querer un poquito pedimos una “ñinga” y si la cosa se pone fea, pues “la pinga”.

Conseguimos voces de nuestros antepasados africanos en la polifonía de los cantos de trabajo, la música de comparsas y las sirenas que, colándose de boca en boca y de suspiro en suspiro, viajaron desde los fogones, ríos y cacaotales, hasta fijar su presencia en lo contemporáneo. Nuestra literatura está llena de magia con historias de duendes, encantos y brujas, relatos de las nodrizas encargadas de la educación y el cuidado de los niños. Y qué hablar de la extensísima cantidad de refranes, cuentos, leyendas y mitos en los que desplegaron el poder de la sabiduría popular aumentando nuestra capacidad de conservar la experiencia, la fantasía y la memoria.

Hoy es común escuchar: “¡Estoy más limpio que talón de lavandera!”, (cuando no tenemos nada de dinero) y “¡Pájaro de mar por tierra!”, (cuando llega alguien que no vemos desde hace tiempo). 

Somos una multiplicidad de voces que fueron importadas de otros calores y que con el paso del tiempo se hicieron familiares, voces que traían consigo historias profundas de lamentos y alegrías en forma de cantos, cuentos y chistes.

 

Nuestros fogones, cuerpos y verbos, son pretérito, permanencia y porvenir: ¿Dónde está la línea que los divide, si se alimentan de conservación y creación? Somos la continuidad de la raza negra que se destiñó durante años por la ausencia de sol en la zona del Cáucaso. Somos negritud que caminando la historia se volvió blancura, mientras que el blanco, al alimentarse de la teta negra, se volvió negro también. ¿Dónde está el principio? ¿Cuál es el fin?

Hemos intercambiado y compartido roles: de libres a esclavos, de esclavos a libres e incluso de esclavos a esclavos que se creen libres. ¿Qué pasó con las costumbres? ¿Perdimos o ganamos? ¿Qué nos diferencia en cada época? 

¿Por qué la tierra es mi casa?

¿Por qué la noche es oscura? 

¿Por qué la luna es blancura

que engorda como adelgaza?

¿Por qué una estrella se enlaza

con otra, como un dibujo? 

Y ¿por qué el escaramujo 

es de la rosa y el mar?

Yo vivo de preguntar

saber no puede ser lujo. 

Bibliografía

Steiner, George, En el Castillo de Barba Azul: Aproximación a un nuevo concepto de cultura. Barcelona, Editorial Gedisa, 1971.

Imágenes de Free-Photos en Pixabay 

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