El danzar colectivo – Potenciada humanidad

La danza humanizada nos hace generar espacios para sentirnos recibidos y contenidos, nos hace estar en relación con los demás, pudiendo experimentar la fuerza de sabernos colectivo.

Como un paseo que transitamos desde la receptividad, nos adentramos al “danzar colectivo, como forma de hacernos más humanos”, un recorrido que abre una gama de posibilidades para reflexionar, preguntarnos y observarnos.  Comenzamos sobre la base de atrevernos a resignificar, desajustar y desintegrar las palabras danza, ser humano, colectivo, desde lo que pensamos, sentimos, vivimos; y con dicho proceso, nos llegue una nueva comprensión para construir lo nuevo, sirviendo de abono para el autoconocimiento.

 

Traemos con nosotros la impronta de ser danzantes por naturaleza. Iniciamos nuestras vidas sumergidos en la danza de las aguas oceánicas del vientre materno, donde se configura en nosotros el movimiento de todo el proceso de gestación, mismo que nos moldea, afina los sentidos, amplía la percepción y nos graba en la memoria del cuerpo la vital contención, como vínculo primario en el que nos constituimos como seres humanos. 

 

Crecemos, nos desarrollamos y nos potenciamos desde lo vincular, formando parte del todo y, que el movimiento, es danza anterior a la palabra, que ha existido siempre en la humanidad, que es y será expresión de la vida, pues danzar es estar presente. Y no es que existe la danza porque existe la humanidad; existe la danza porque existe la naturaleza de la cual formamos parte como humanos, y despertamos al deseo de danzar por la memoria que guardamos en nuestras células de sabernos parte de ella.

 

Una de las siete Leyes del Universo, es El Principio de Correspondencia: “nuestra naturaleza como seres humanos es el reflejo de la naturaleza del cosmos. Así como es arriba, es abajo, como es adentro es afuera”.

 

Cuántas veces nos hemos sentido maravillados por la danza de las aves estando en vuelo, por la fuerza serena y contundente en el movimiento de las olas del mar, por los cardúmenes nadando en alta sincronización, por el movimiento en el cortejo de los animales para su apareamiento, por los árboles movidos al  ritmo del viento, por el fuego en su flameante danza de ascensión, por los átomos indelebles del aire en su danza imperceptible, por las hojas que se desprenden danzando en su descenso, por el movimiento de las flores que se giran, como las que se duermen y despiertan tocadas por la presencia del sol. Y así, la manifestación de tantos elementos naturales que danzan desde la esencia de ser naturaleza. Esto podría conmovernos, causarnos asombro, generar suspiros e inquietud, como profundo respeto, suscitando en nosotros la sensación de añoranza, porque sencillamente estamos recordando de lo que somos parte, lo que ya hemos vivido, de dónde venimos y que todo ese potencial habita dentro nuestro. Cómo afirma el Dr. Depack Chopra, “estamos emparentados con el universo”. 

 

Nosotros también somos naturaleza que danza, somos movimiento, sinónimo de libertad del SER, que se desarrolla y renueva con cada danza. Por ello, podemos preguntarnos: ¿Me reconozco naturaleza que danza? ¿Cuál es la naturaleza de mi Ser que danza? ¿Quién no se ha sentido como nuevo cada vez que danza? Al danzar, ¿quién ha sentido la sensación de viajar, de trascender, de renovarse? ¿Es nuestro danzar disfrute, placer, conexión, encuentro? o por el contrario, ¿es prisión del propio Ser? La palabra UBUNTU, en lengua Xhosa-zulú, expresa “soy porque somos”, “cuando digo soy quiero decir somos”. 

Ser humano no es sinónimo de estar humanizados. La humanidad en la danza trasciende el ego de las formas, los estereotipos, las estructuras, lo forzado y manipulable, para dar espacio a la expresión, creación, afectividad, intuición y la espontaneidad, contraria a la rigidez. La danza humanizada nos hace generar espacios para sentirnos recibidos y contenidos, nos hace estar en relación con los demás, pudiendo experimentar la fuerza de sabernos colectivo. Dice Judi Khrisnamurthi, “la consecuencia de nuestra relación es la sociedad. El mundo es lo que somos”.


En este sentido podemos reflexionar: ¿Qué tanta humanidad tiene nuestro danzar? ¿Cuántas formas de esclavitud nos generamos incluso desde la danza? ¿Qué humanidad hemos ayudado a construir a través de nuestro danzar? ¿Quién danza en nosotros: nuestra naturaleza o nuestro ego? ¿Hemos logrado desmontar la belleza normalizada detrás de los estereotipos? ¿Cuáles conceptos hemos ayudado a gestar y/o a perpetuar desde nuestro danzar? “La humanidad individual se expresa idealmente en la relación con los demás”.


El colectivo trasciende al hecho de la muchedumbre, va más allá de un grupo de personas que se reúnen, danzan, o se mueven disfrutando desde su individualidad. Más bien, vendría a representar un útero, como entramado que contiene y es capaz de sostener el calor humano, animándonos a desarrollarnos, manifestarnos y movernos desde todas las potencialidades con las cuales nacemos y se mantienen latentes. Juntos el danzar se potencia. “El otro me trae información de mi”, dice Rolando Toro, creador de la Biodanza. Entonces, si no está un otro, resulta bastante difícil transformarnos.


Entremos en estas interrogantes:  ¿Hemos sentido la potencia de sabernos parte de un colectivo? ¿Qué nos hace saber que hemos alcanzado una mayor humanidad desde el hecho de danzar sabiéndonos colectivo? ¿Qué significa danzar para nosotros? ¿Hemos logrado tener el coraje para desaprender lo aprendido? ¿El colectivo existe para todo el que danza? Cobra fuerza la palabra UMOJA, en lengua swahili, Unidad. “Juntos somos el aguacero”.


Es imperioso que apelemos a retornar cada vez más a la comprensión de nosotros mismos. Observarnos en la acción para que nuestro cotidiano se desconfigure y reconfigure más fácilmente. Derribar condicionamientos para que lo que busquemos en el paseo del danzar colectivo, como forma de hacernos más humanos,  nos revele respuestas más y más conscientes y acertadas. 

 

Cuántos de nosotros hemos aprendido con el ejemplo o por imitación, es un aspecto a tomar en cuenta, en esto de tener consciencia del impacto que cada uno de nosotros puede ejercer sobre el otro, y todo lo que se podría fomentar en colectivo con actividades de tanto alcance como son nuestras manifestaciones tradicionales, en este caso, La Danza Tradicional Venezolana. Los avances de las neurociencias, específicamente con el descubrimiento de las Neuronas Espejo, definidas como neuronas de la empatía, de lo social y de lo imitativo, que “permiten aprender conductas sociales complejas y que se activan al realizar una acción y también al ver a otro hacerla”, avalan perfectamente esta teoría, como lo plantea Vilayanur Ramachandrán. Este aporte maravilloso, nos abre una puerta para encontrar más posibilidades de creación, generar nueva consciencia desde lo colectivo y las corresponsabilidades que subyacen frente al planteamiento: el danzar colectivo como forma de hacernos más humanos


Para finalizar este recorrido, les invito a tener presente las palabras de Judi Khrisnamurthi: “lo que soy crea la sociedad, conocernos a nosotros mismos es la base para edificar lo nuevo”. Imperativo entonces, emprender el camino del autoconocimiento.

Foto de portada: Ana González

3 Comments
24 septiembre 2020 5:51 pm

Excelente artículo Yece. El autoconocimiento es, por consiguiente, la semilla que moldea el desempeño intrasocial, y más temprano que tarde, termina moldeando nuestra esencia como conjunto. Muy acertada la posición de la danza como preludio de la humanidad, y más bien como una naturaleza inherente en el cosmos.
¡Abrazo!

Jesús Grimón
24 septiembre 2020 6:04 pm

Excelente artículo Yece. Muy acertada la posición de la danza como preludio de la humanidad, y más bien como naturaleza inherente en el cosmos. ¡Abrazo!

25 septiembre 2020 7:39 pm

Gracias Jesús! qué bueno que haya gustado! un inmenso abrazo.

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